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La intervención de moisevillenses en la Guerra Civil Española

Dos moisevillenses, que yo sepa hasta ahora, han intervenido en la Guerra Civil Española. Dos jóvenes, nacidos con diferencia de pocos años, viajaron a España para luchar defendiendo a la República. Ambos tuvieron puestos de mando.

Se conocieron? Quién sabe, Moises Ville nunca fue una localidad muy grande pero habia una diferencia de edad que para el caso importa, una nació en 1902 y probablemente se fué muy joven de su casa. El otro nació en 1911. Es también poco probable que se hayan reunido alguna vez en España, no pertenecían al mimo partido político. Quizá se hayan reconocido en la retirada.
Lo que es de destacar es que de un pequeño lugar de la Provincia de Santa Fe hayan salido dos argentinos (el 1 % del total) a pelear contra Franco.

Mika Feldman Reitich de Etchebehere escribió sus memorias. Boris Mochkovsky Braunstein fue rescatado del olvido por la periodista Graciela Mochkovsky, su sobrina nieta.

 

Mika Feldman Etchebehere (1902-1992)

Mi guerra de España.

Testimonio de una miliciana al mando de una columna de POUM

Mika Etchebéhère

Alikornio ediciones. Barcelona 2003

ISBN: 84-922232-8-X. Octubre 2003
348 p. PVP: 16 €

Mika Etchebéhère (Mika Feldman), argentina de padres rusos, llegó a Madrid el 12 de julio de 1936 para reunirse con su marido. Seis días después de su llegada se produce el levantamiento del ejército, y la pareja de revolucionarios, de inspiración trotskista, se une a la Columna del POUM. En el frente de Guadalajara, muerto su marido, Hipólito Etchebéhère, al mes de entrar en combate, Mika asume la responsabilidad de la columna donde, con la posterior militarización de las milicias, alcanzará el grado de capitana (única mujer con mando de tropa en la guerra de 1936-39). Pero el relato de ese periodo realizado por Mika Feldman en su libro "Mi guerra en España" va mucho más allá de la exposición del horror de la guerra. "Mi guerra de España" es, sobre todo, la narración lúcida y emocionada de una mujer que no sólo tuvo que enfrentar los prejuicios de sus propios camaradas, sino las intrigas y persuciones de los agentes de Stalin contra el proceso revolucionario que se desarrollaba en el bando republicano. Sin embargo, en estas memorias no hay la mínima concesión al heroismo militarista. Al contrario, la prosa directa e intensa de este libro nos pone ante el testimonio de una mujer que no esconde sus vacilaciones, sus decepciones, sus contradicciones; sentimientos todos de una capitana atípica, como no podía ser de otro modo, en una mujer “carente del mandamiento del odio”, pero imbuida de un insobornable espíritu revolucionario que mantendría hasta el final de sus días en París, en 1992.

Mika Etchebéhère (Mika Feldman) nació en Moisesville, provincia de Santa Fe (Argentina) en 1902, y murió en París en 1992. Hija de padres rusos que habían llegado unos años antes a Argentina huyendo de los pogromos de la Rusia zarista, pasa la infancia oyendo los relatos de los revolucionarios rusos que se habían fugado de las cárceles siberianas. Comienza su militancia política en un grupo de mujeres anarquistas en la ciudad de Rosario, y a los 18 años va Buenos Aires a estudiar odontología. En ahí donde conocerá a Hipólito Etchebéhère, a quien se unirá hasta la muerte de éste en el frente de Guadalajara en 1936. En Argentina, Mika participa en el grupo editor de la revista Insurrexit, referente fundamental de la vanguardia política y cultural de su tiempo y, posteriormente, en Francia fundará Que Faire? junto con otros militantes del marxismo revolucionario. A principios de los años 30 viaja por Europa junto a Hipólito, siendo ambos testigos de la escalada del nazismo en Alemania. La pareja llega a Madrid en julio del 36, donde les sorprende el levantamiento militar. Partirán entonces hacia el frente de Guadalajara con la Columna Motorizada del POUM, de la que Hipólito es responsable. A la muerte de éste, Mika asumirá la responsabilidad de la columna, experiencia que se refleja en este libro.
 


Julio 2008
Por Elsa Osorio

Este mes se cumplen 16 años de la muerte de Micaela Feldman de Etchebéhère, la argentina nacida en Moisés Ville en 1902 que comandó una columna del POUM en la Guerra Civil Española. Amiga de Cortázar, de Alfonsina Storni, de André Breton, de Copi, su extraordinaria trayectoria es poco conocida entre nosotros. Fue Juan José Hernández, en 1985, quien me inició en la historia de esta mujer que no sólo combatió en la guerra, sino que –como habría de descubrir en años de investigación– vivió a tope la aventura ideológica del siglo XX.

Hija de judíos rusos, Mika crece con los relatos de los revolucionarios evadidos de los pogroms y las cárceles de la Rusia zarista. A los 15 años, en Rosario, ligada a las anarquistas, pronuncia su primer discurso. En 1920 estudia odontología en la UBA y conoce a Hipólito Etchebéhère, su compañero. Juntos emprenderán una vida consagrada a la militancia. Sus primeros pasos: el grupo Insurrexit, la línea más izquierdista de la Reforma, donde confluyen marxismo, anarquismo y socialismo; su paso por el PC, 1924, de donde son expulsados en 1926 por su desacuerdo con la dirección y su apoyo a Trotsky (aunque no forman parte orgánica de un grupo trotskista). El viaje por la Patagonia, donde recogen testimonios sobre la masacre de los peones rurales en manos del Ejército, mientras arreglan dientes. En 1931 viajan a Europa en busca de la revolución. España, primera decepción: la República reprime duramente a los manifestantes que reclaman el cumplimiento de las promesas.

Luego París, estudios y vínculos con revolucionarios. Octubre del ’32, Berlín, son testigos de la derrota del proletariado alemán y el ascenso al poder de Hitler. Francia en el ’33, el grupo clandestino Que Faire, de oposición al stalinismo. Y al fin España, 1936. (Cuarenta años después, Mika publica un libro con sus recuerdos.) Mika e Hipólito se unen al POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), cercano a sus ideas. Parten con una columna motorizada que comanda Hipólito. Un mes después, él muere en el combate de Atienza. Mika quiere matarse, pero le parece oír a su compañero: “¿Qué haces con nuestros principios? Ya resolverás tu pequeño destino individual después de la revolución. No es el momento de morir por sí mismo”.

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Decide hacer suya esta guerra. Pero no será fácil para Mika convivir e imponer su autoridad a esos hombres, revolucionarios pero machistas. “En otras compañías son las muchachas las que lavan y hasta remiendan los calcetines”, protesta el miliciano.“Las muchachas que están con nosotros son milicianas –le contesta– no criadas. Estamos luchando todos juntos, hombres y mujeres, de igual a igual, nadie debe olvidarlo. Y ahora dos voluntarios.” Siempre habrá voluntarios porque Mika explica lo que ella misma va aprendiendo, y se preocupa de que no les falte comida o abrigo, de escucharlos y comprenderlos, de que ceda la tos con ese jarabe que ella misma les lleva a las trincheras, entre el silbido de las balas. Poco a poco, y pese a su ignorancia en estrategia militar, va asumiendo el lugar de jefa: en Sigüenza exige al emisario fascista que le lleven las condiciones de rendición por escrito y firmadas para ganar tiempo, ordena resistir, atacar, distribuye las funciones.

Ella elige una palabra oportuna para hacerse obedecer, elige alentarlos cuando las injurias del PC contra el POUM desmoralizan a sus milicianos, andar en cuatro patas por las trincheras, acostarse en el barro, empuñar las armas, mantener vivo el ideal revolucionario luchando codo a codo con sus milicianos... Ellos mismos la nombran capitana y la columna del POUM, combatiendo con pocas armas contra un enemigo mucho mejor equipado, realiza proezas en distintos frentes. Sigüenza, Moncloa, Pineda de Húmera, cada vez más alto el riesgo. Su fama temeraria hace que los altos mandos la designen para tomar el cerro de Avila. Los han mandado al asalto sin protección y Mika ve morir a sus milicianos. Se refugia en el Liceo Francés hasta el fin de la guerra, cuando regresa a París. De una guerra en la que combate a otra de la que debe huir por su origen judío. La familia Botana la asila en la Argentina. Desde 1946 hasta su muerte vive en París. No hay acontecimiento político en el que no se involucre, que no provoque sus lúcidas reflexiones. En el ’68 francés, con unos guantes blancos, recoge adoquines y explica a los estudiantes cómo evitar que el negro en sus manos los delate si son sorprendidos por la policía. No puede imaginar el guardia que acompaña a su casa a esa señora de 66 años, elegantemente vestida, que en su cartera están aquellos guantes tiznados.



Boris Mochkovsky (1911-1975)

MEMORIA
Guerra Civil española: los argentinos que fueron a pelear contra Franco

Cientos de brigadistas argentinos fueron a pelear contra Franco. Estuvieron en todos los frentes, pero para ellos la historia fue mezquina y los condenó al olvido.

Por Graciela Mochkofsky

En los días agónicos de la Guerra Civil Española, ciento noventa y siete argentinos esperaban el final en dos parajes de Cataluña. Al Norte, los Pirineos los separaban del exilio. Al Sur, sus compañeros españoles libraban la última gran batalla contra las tropas de Francisco Franco en los márgenes del río Ebro. Los argentinos habían sido obligados a abandonarla por razones políticas, junto con brigadistas llegados de todo el mundo a combatir por la República.

Eran, en su mayoría, jóvenes que se habían ofrecido para luchar una guerra que consideraban propia y de la que ahora, en el momento decisivo, habían sido apartados, en un vano intento de contentar a las grandes potencias. Estas, sin embargo, asistirían impávidas a la primera victoria armada del fascismo en Europa. Intentaban así evitar una guerra mundial que les estallaría en la cara poco después.

En esas largas horas vacías, las burocracias partidarias les pidieron a los brigadistas que llenaran formularios con su puño y letra. Anotaron sus datos personales, sus historiales políticos y de combate, sus opiniones y esperanzas para el futuro del mundo.

¿Qué escribe un idealista en el momento en que todo aquello en que ha creído, aquello por lo que ha matado y ha estado dispuesto a morir, parece a punto de colapsar? No mucho después dejarían a pie la España que ya era del general que se había alzado el 18 de julio de 1936, para hacinarse en campos de concentración en Francia. Y, meses más tarde, regresarían a la Argentina –donde les esperaban años de persecución y existencias clandestinas–, o se perderían en el mundo, como sus nombres, sus ilusiones, sus hazañas. Porque la mayoría, si no todos, murió anónima.

Tras la caída de la República, en abril de 1939, esos formularios fueron el equipaje de algunos comunistas españoles , que como todos los combatientes soviéticos que habían sobrevivido marcharon hacia la capital del imperio que regía José Stalin en Moscú. Las memorias del grupo más numeroso de los brigadistas latinoamericanos quedaron encerradas en los herméticos depósitos del Instituto de Marxismo- Leninismo. Allí durmieron, en el secreto y el olvido, hasta después de que la Unión Soviética dejara de existir y el Instituto se transformara en el Archivo Estatal Ruso de Historia Sociopolítica.

La presidenta de la Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales, Ana Pérez, me reveló su existencia, décadas después, en una España que había decidido olvidar la guerra tras la muerte de Franco. Yo buscaba el rastro de alguien que había sido olvidado con tanto empeño que, aunque era por sangre y derecho mi pariente directo, sólo supe de su existencia hace un par de años: mi tío abuelo Benigno Mochkowsky, a quien su padre había echado para siempre de su casa por comunista cuando sólo tenía quince años.

Librado a su suerte, Boris, como lo llamaba en voz baja la familia que había decidido negarlo, adoptaría otra: el Partido Comunista. Tras diversas aventuras y prisiones en varias provincias y países, había llegado a España. Allí fue uno de los oficiales del legendario Quinto Regimiento. Bajo el nombre comandante Ortiz dirigió a 4.000 hombres en batalla. Con ese nombre lo mencionan en sus memorias el general Enrique Líster y La Pasionaria, y así lo conocerían hasta su muerte la mayoría de sus compañeros.

El, como los otros, no figuraba en los registros de nadie y se borraba de las memorias de cuantos lo habían conocido. Pero me empeñé en que no concluiría mi libro sin recuperar a todos. Gracias a una red de amigos de diversas partes del mundo, un difícil acuerdo monetario con la guardiana del archivo moscovita y la decisiva participación del embajador de España en Buenos Aires, Carmelo Angulo, logré rescatar una copia de ese registro único de los combatientes argentinos y traerlo, por primera vez, al país.

COMBATIR A LOS VEINTE

El menor tenía 17 años; el mayor, una excepción, 55; la mayoría estaba en sus veinte. Eran en gran parte comunistas, porque la Internacional Comunista había organizado las Brigadas Internacionales, pero también había anarquistas, como Ramón Belanguer García, que peleó en la columna del legendario Buenaventura Durruti desde el segundo mes de la guerra; socialistas, como Carlos Francisco Acevedo Rodríguez, un músico de 23 años, que combatió como soldado raso; o simpatizantes republicanos sin partido, como Antonio Moreno Vives, que reclutaba voluntarios para el Ejército Popular de la República desde su puesto de secretario de Finanzas del Centro de Repatriación de Españoles Republicanos, hasta que renunció "para venir yo también a España".

Había un aristócrata, Carlos Kern Alemán (así firmó su ficha), primo hermano de los economistas Juan y Roberto Alemann, y oveja negra de su familia desde que, mientras estudiaba arquitectura en Berlín, se convirtió en líder de los estudiantes rojos alemanes que se enfrentaron a Hitler. Y varios miembros de la clase media, como Juan Gastón Gilly, hijo de un comerciante, ex cadete de la Escuela Naval, estudiante de Derecho, que había ido preso en Córdoba por el asesinato de "dos fascistas". Pero muchos eran simples trabajadores, como Francisco Comendador López, que se había interesado en el movimiento proletario por "los mismos problemas que se plantean hoy en nuestros hogares".

La mayoría no tenía experiencia militar, excepto por enfrentamientos con la Policía. Pocos eran como Salvador Loy Klepach, alias "Ernesto", encargado de "trabajo anti-militarista", es decir, de oposición o infiltración en las Fuerzas Armadas (tarea que el PC intentó, con más o menos éxito, durante años) Entre 1923 y 1930, Loy Klepach había sido detenido por "disparo de armas, lesiones y homicidio", media docena de veces, una de ellas en el congreso partidario en que, fruto de una pelea interna, fue asesinado el dirigente juvenil comunista Ernesto Müller, en diciembre de 1925.
 

Muchos de los combatientes comunistas habían sido enviados por el PC argentino, que financiaba y organizaba sus viajes en barco hasta Europa, proveyéndolos con pasaportes, a veces bajo nombres falsos, y contactos. A través del PC francés, los ayudaba a entrar en España por tierra, vía París. Lo mismo hacían otros partidos comunistas, en consonancia con la campaña mundial de reclutamiento lanzada por la Internacional Comunista, o Comintern, en septiembre de 1936, a casi dos meses del golpe que dio comienzo a la guerra civil.
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Una vez en España, los combatientes recibían instrucción militar en una base en Albacete, que regía con mano de hierro el comunista francés André Marty. Los argentinos eran destinados a brigadas de españoles, de latinoamericanos o de otras nacionalidades, porque no reunían la cantidad suficiente para tener su propio batallón, como sí ocurrió con ingleses, norteamericanos, franceses, belgas, polacos, y otros que llegaron de a miles. De los latinoamericanos, la participación argentina, con la mexicana, fue de las más numerosas.

Hubo, también, comunistas argentinos que financiaron sus viajes por cuenta propia, con la convicción, como anotó Kern Alemán en su ficha, de que la derrota del fascismo en España sería también en "todos los pueblos del mundo".

El partido envió además funcionarios políticos –que se mantuvieron lejos del frente–, asignados al Socorro Rojo Internacional, un organismo de asistencia y solidaridad de la Comintern, al entrenamiento y control ideológico de los combatientes –como Salomón Elguer, que fue comisario político de las Brigadas Internacionales–, o al PCE, bajo el ala del ítalo-argentino Victorio Codovilla, uno de los fundadores del Partido Comunista Argentino, su jefe máximo durante décadas, y organizador del partido español en los años previos a la guerra y hasta mediados de 1937.

Anarquistas, socialistas, republicanos y líberos viajaron a su costo y riesgo, empapados del fervor antifascista que movilizaba a toda una generación. "Luchar contra el fascismo" se repite ficha tras ficha.

Algunos estaban en España desde antes de la guerra. Las fichas no aclaran por qué, pero la hipótesis más probable es que se trataba de hijos argentinos de inmigrantes españoles que regresaron a su país de origen a comienzos de los treinta por razones políticas (con la deportación de activistas de izquierda que siguió al golpe de Uriburu) o personales. Entre estos, muchos esperaban regresar a América, como Ricardo Rodríguez Fernández, que había ido preso durante el intento revolucionario de Asturias de 1934 y soñaba con volver a la calle Pepirí 693, en Buenos Aires.

Brigadistas argentinos pelearon en la terrible batalla de Brunete, en la que los republicanos, blancos fáciles en una llanura pelada sembrada de cadáveres pudriéndose al sol, padecieron una sed desesperante y se quedaron sin municiones, mientras algunos de sus jefes militares exageraban sus logros, en la más pura tradición estalinista. Allí, Agustín Denegri, carnicero en Bahía Blanca, chofer y fusilero en España, fue herido en la espalda bajo un bombardeo de aviación (en Brunete, la República perdió su superioridad aérea, con la llegada de los cazas alemanes prestados a Franco por Hitler). Veinte mil combatientes republicanos murieron o fueron heridos sólo en esa batalla.

Cándido Castañón García, oriundo de Chacabuco (¿hermano de José, también herido en el brazo, la pierna, la espalda?), fue herido en la cabeza, en el brazo y en el muslo izquierdos en la batalla de Teruel, durante el invierno español del 37/38, con hasta 20º bajo cero. Una dura derrota, por las pérdidas en hombres y armamento, y por las ejecuciones disciplinarias ordenadas por jefes militares comunistas.

Otros pelearon en Belchite, Aragón, Mallorca, Madrid' Pero el combate que se repite y repite en los formularios manuscritos, el más espectacular y dramático, porque estuvo a punto de dar vuelta, a favor de la República, una derrota que muchos políticos y jefes militares republicanos daban por sentada cuando la URSS y Europa la habían dejado librada a su suerte: la batalla del Ebro. Los combatientes cruzaron el inmenso río en un ataque sorpresa, a nado, en botes, en puentes desmontables, la noche del 24 de julio de 1938 y, hasta que en septiembre fueron obligados a retirarse, participaron de una hazaña de voluntad y resistencia que costó decenas de miles de vidas: Alfredo Borello, de Lanús, herido en el brazo; Emilio Giménez, herido en el pie izquierdo; Pedro Marrube, herido en septiembre, por una explosión; Loy Klepach, que fue cabo de ametralladoras y ayudante del comisario de la 60 Brigada Mixta; Kern Alemán, elogiado en una orden del día de su unidad "por su brillante actuación en la ofensiva del Ebro y por su valiente actitud y disciplina en todo momento".

UNA RETIRADA OBLIGADA

El 21 de septiembre, en plena batalla, los combatientes del Ebro recibieron la noticia de que el presidente republicano, Juan Negrín, que apostaba al estallido de la Segunda Guerra Mundial como única alternativa para no ser derrotado por Franco, había ofrendado la retirada de los brigadistas internacionales ante la Sociedad de las Naciones. El 23 de septiembre, más de seis mil brigadistas, argentinos incluidos, tomaron sus cosas ("abandonando la lucha antes de tiempo", protestaría en su formulario Jesús Castilla) y cruzaron el Ebro en reversa, hacia la repatriación.

Desfilaron en Barcelona, en un acto histórico en el que La Pasionaria dio un discurso que no se olvida: "¡Camaradas de las Brigadas Internacionales! Razones políticas, razones de Estado, la sustentación de la misma causa por la que ofrecisteis vuestra sangre con tan incomparable solidaridad, obligan ahora a volver a algunos de vosotros a vuestra patria, y a otros a un exilio forzoso. Podéis marchar orgullosos. Vosotros sois la Historia. Vosotros sois leyenda".

Los argentinos fueron a Cardedeu y Ripoll, en Cataluña, junto al resto de los latinoamericanos. Los españoles siguieron peleando en el Ebro hasta la derrota, en noviembre; un resultado que parecía evidente para la mayoría de los actores de la guerra, pero no para los brigadistas argentinos que, en su espera, escribían: "De nuestra victoria saldrá fortalecido el Frente Popular, no sólo el español, sino que logrará que todas las fuerzas democráticas mundiales se unifiquen y hará imposible el triunfo del fascismo" (Roberto Fierro), y también: "Los españoles pronto olvidarán estos momentos de lucha y podrán vivir felices en una República democrática, avanzada y progresista" (José María García Noya).

Mi tío abuelo mandó a quemar la edición completa del periódico de la Brigada Mixta 24 del Ejército Popular Republicano, que comandaba, cuando descubrió un artículo que lo exaltaba. Los heroísmos, creía, eran siempre colectivos. Cuando un periodista intentó entrevistarlo en plena batalla, lo despidió: "¡Hombre, váyase usted al diablo!". El, como los otros, jamás aspiró a la gloria individual ni a dejar de sí más que la causa por la que había entregado todo. El, como los otros, fue olvidado por la Historia, es decir: por sus partidos, sus familias, por España y el mundo. Es decir: por todos nosotros. ¿Ha llegado el momento de recordarlos?
 


G. MOCHKOFSKY ESCRIBIO 'TIO BORIS, UN HEROE OLVIDADO DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA' (SUDAMERICANA)

http://www.clarin.com/diario/2006/06/04/sociedad/s-01208178.htm