Las Generaciones de Moises Ville

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EN LOS COMIENZOS

 

INMIGRACION E INTEGRACION (*)

Por Pablo Smulovitz

El 14 de agosto de 1889 llegó al puerto de Buenos Aires, en el vapor WESER, el primer núcleo organizado de judíos rusos que soñaron con radicarse y rehacer sus vidas en un país libre. Esto señala el punto de partida de un acontecimiento que habría de concretarse dos años después, cuando el Barón Mauricio de Hirsch (1831-1896) creó la Jewish Colonization Association (J.C.A.), organismo que promovió la emigración de miles de judíos oprimidos en el Imperio Ruso de los Zares, y facilitó su asentamiento en los países de América, que les ofrecían la posibilidad de entregarse a las tareas agrícolas. Recordemos los pogroms de Kiev (1881), Balta (1882), Ekaterinoslav (1883) y la implantación de la zona de residencia, en la parte occidental de Rusia, hogar de más de cuatro millones de judíos legalmente confinados.

En 1887, colocados por  las circunstancias ante una disyuntiva de vida o muerte, se celebró en Katowice (Silesia, Polonia) una reunión de delegados de las Comunidades Judías más afectadas, principalmente de Podolia y  Besarabia, y prevaleció la idea de que la única solución era emigrar. Las alternativas posibles eran: Palestina, Africa o América del Norte. Se sabía que el Barón de Rotschild se inclinaba por la emigración a Palestina. Prevaleció pues la idea de emigrar a Palestina y se encomendó al señor Eliezer Kauffman como emisario a París para obtener el apoyo del Barón de Rotschild. Las gestiones fracasaron -no se conocen detalles- y el señor Kauffman se conectó con el Gran Rabino de Paris, Zadoc-Kahn, quien habría de vincularle a la Alliance Israelite Universelle (1860), entidad judía de carácter mundial que se ocupaba de la defensa de todos los perseguidos por su condición de judíos.

En 1876 se había promulgado en la República Argentina la Ley Avellaneda de Inmigración y Colonización. Y en 1881, el Presidente Julio A. Roca designaba al señor José M. Bustos como agente especial para promover la emigración israelita iniciada en el Imperio de los Zares a raíz de los pogroms. Estando en París, el señor Kauffman se enteró, circunstancialmente, que allí funcionaba una oficina oficial de Informaciones de la Argentina, país muy poco conocido entonces en Rusia y que ni siquiera había sido mencionado como alternativa de emigración en la Conferencia de Katowice. Se contactó con los señores Pedro Lamas y J.B. Frank, este último agente del Gobierno a cargo de la oficina de emigración y colonización para la República Argentina, siendo informado que un señor Rafael Hernández estaba interesado en vender tierras a inmigrantes europeos. Acotemos que 1as tierras eran en el sitio Nueva Plata -Prov. Buenos Aires, próximas a La Plata- y este terrateniente Hernández era hermano de José Hernández, el autor del Martín Fierro (1872).

La operación se concretó, tras el trámite de rigor, para que aproximadamente ciento veinte familias judías de origen ruso que Kauffman representaba pudieran trasladarse a la República Argentina.

EL EXODO DE “LOS PODOLIER”

Los emigrantes salieron en pequeños grupos de Podolia y Besarabia. Los denominaron los Podolier y se concentraron en Berlín y en Hamburgo a la espera de la delegación que había viajado a París para arreglar los últimos detalles del viaje en el Consulado Argentino. El Gran Rabino de Berlín, Azriel Hildesheimer, les advirtió sobre los peligros del viaje y de la radicación en un país tan lejano y desconocido para ellos como era la República Argentina, y subordinaron la decisión final al informe que había de suministrarles el señor Sigmund Simmel, hombre de confianza del Gran Rabino, quien se avino a trasladarse a París, estudiar los contratos propuestos por el agente de inmigración argentino y poder aconsejar, con conocimiento de causa, a los desorientados correligionarios. La conclusión a que llegó Simmel fue ampliamente satisfactoria y a su regreso a Bremen, informó a los Podolier que la República Argentina era un país libre, en el que podrían profesar su fe judaica y labrarse un futuro próspero. Se embarcaron al fin.  

Maqueta del Weser

El mismo día de la llegada a Buenos Aires, empezaron para el grupo de inmigrantes una serie de desventuras. Por un exceso de celo del Inspector de Desembarcos, el señor Lix-Kett, tuvieron que quedarse a bordo dos días más (La Nación y La Prensa, 17/8/1889) y apenas desembarcados se enteraron que las tierras de la Colonia Nueva Plata, a las que venía destinado el grupo, no estaban disponibles. Nunca pudo establecerse, a pesar de la intervención de la Dirección de Inmigración, si el incumplimiento de los contratos celebrados en París era imputable a Hernández o al señor Frank.

Empezó entonces la búsqueda de otras tierras para ellos. Cundió la desesperación de los recién llegados, carecían de recursos; ignoraban el idioma y se encontraban en un país extraño. Había ya en Buenos Aires núcleos de judíos alemanes, ingleses y franceses (las estadísticas señalan la presencia de 1572 judíos como población total en el país hacia 1888) que, en conocimiento de la situación por la que atravesaban sus correligionarios recién llegados, se interesaron por ellos.

 

El Rabino Henry Joseph, de la incipiente comunidad israelita, estaba vinculado al doctor Pedro Palacios, asesor letrado de la Congregación Israelita y, a su vez, poseedor de grandes extensiones de tierras en la zona de la provincia de Santa Fe, donde se construía entonces la línea del ferrocarril a Tucumán. Palacios se ofreció a colonizarlos en los campos de su propiedad. La propuesta fue aceptada y a fines del mes de agosto se firmaron los respectivos boletos de compra-venta y, a los pocos dias, viajaron al lugar. La primera impresión que recogieron fue desoladora; las familias fueron alojadas en vagones de carga estacionados al borde de la línea férrea y en un galpón.

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Inútilmente empezaron, los inmigrantes, a esperar a diario que se les trasladara a sus campos. Pero el colonizador no pensaba en ésto y menos aún en proveer animales y/o herramientas de trabajo, como había sido su compromiso formal en los respectivos boletos de compra-venta. Se cuenta que los obreros que trabajaban en el tendido de la línea férrea, distribuían comida entre los niños hambrientos que solían mendigar junto a sus padres, al paso del tren. Desgraciadamente era mucho menor la resistencia física de los niños y una epidemia propagada favorecida por la falta de higiene y de asistencia médica, elevó a unos sesenta el número de niños fallecidos

Empezó entonces el desbande de algunas familias angustiadas y abrumadas por la desesperación: unas sefueron hacia el sur, hacia Sunchales, otros a Santa Fe, Rosario y Buenos Aires. Las estadísticas señalan la presencia de noventa familias en Moisés Ville hacia 1891; recuérdese que en el Weser llegaron 138. Los más fuertes, ante "velas encendidas juraron solemnemente quedar y la mayoría quedaron".

Esta situación de miseria y desamparo llegó a conocimiento de las autoridades nacionales y el Ministerio de Relaciones Exteriores dio orden al Comisario General de Inmigración para que averigüe "las causas que habían producido la difícil situación de esos inmigrantes". Surge aquí la presencia clave del doctor Guillermo Loewenthal, un médico rumano, egresado de la Universidad de Berlín especializado en Bacteriología, que había sido contratado en París por el gobierno argentino para una misión científica. Previo a su viaje, los directivos de la Alliance Universelle Israelite le habían solicitado que se ocupara de los inmigrantes del barco Weser. El doctor Loewenthal llegó a Buenos Aires, visitó la mayoría de las colonias agrícolas del litoral argentino y en su viaje de regreso vio, en la Estación Palacios, la forma de vida de todos esos inmigrantes y en el informe especial que hizo al Ministro de Relaciones Exteriores doctor Estanislao Zeballos, dedicó un capítulo a este affaire des inmigrantes russes, reiterando que desde hacía seis semanas permanecían en la Estación Palacios en la miseria más espantosa, no teniendo muchas veces para comer más que un pedazo de galleta por persona durante 48 horas. A su vez, Loewenthal, entrevistó a Palacios, exigiéndole el cumplimiento de sus obligaciones contractuales.

De regreso a Paris, Loewenthal expuso un proyecto por escrito al Gran Rabino Zadoc-Kahn, de colonización agrícola de familias judías en la República Argentina, que habría de beneficiar en primer término a los colonos de Palacios. Allí consideró a la República Argentina como país propicio para su iniciativa por su extensión, baja población (tres millones de habitantes en 1890), clima, fertilidad de la tierra, facilidad de cultivo aún para los colonos más inexpertos; régimen político liberal, y por las ventajas que ofrecían las leyes del país a los inmigrantes interesados en el trabajo de campo.

Por otra parte, sostenía que la ayuda a los judíos perseguidos no debía revestir carácter de dádiva sino que debía brindarles la posibilidad de consagrarse al trabajo del campo, fundando colonias agrícolas a ese efecto a través de una Sociedad Colonizadora, con indicación de superficie a asignar por grupo familiar, cantidad de implementos, forma de capitalización, reintegros, etcétera.

En esta suerte de proyecto, el doctor Loewenthal interesó al Barón Mauricio de Hirsch, un judío alemán de gran fortuna, quien luego de estudiarlo le dio su apoyo total. "He perdido a mi hijo, pero no a mi heredero. La humanidad recibirá mi herencia", había dicho el Barón de Hirsch, en 1887, al perder a su único hijo Lucien. Los inmigrantes judíos, que llegaron a la República Argentina el 14 de Agosto de 1889 y se instalaron finalmente en Moisés Ville fueron los primeros beneficiarios de la Jewish Colonization Association, la empresa colonizadora creada dos años después de ese arribo

Barón Maurice de Hirsch

 (1831 - 1896)

Nos resta reinsertar la anécdota del origen del nombre del pueblo de Moisés Ville, que es todo un símbolo de libertad e integración. Cuentan que el doctor Palacios, en una visita a los colonos, preguntó dirigiéndose al Rabino Aarón Goldman cómo querrían que se llamara la colonia. "Kiriat Moshe" (Villa Moisés) respondió el Rabino, argumentando que "Moisés sacó a los judíos de las penurias de Egipto y los condujo hacia un país propio. Nosotros, después de haber salido de la Rusia Zarista y de haber llegado a la Argentina libre, nos sentimos a semejanza de nuestros lejanos antepasados, en un lugar que será nuestra Patria. Que la colonia lleve pues el nombre de "VILLA MOISES", que el intérprete cambió por MOISES VILLE.

(*) nota aparecida en la Revista del Centenario de Moises Ville,1989, reproducida aqui con autorización de los hijos del ing. Smulovitz.

 


LOS QUE ABRIERON LA HUELLA

Los fundadores de Moises Ville, el grupo del Weser, los primeros colonos judios de la Argentina, abrieron la huella para todos los que vendrían después. Su epopeya, llena de desgracias y sinsabores, ha sido relatada una y mil veces, aunque no son suficientes las palabras para describir el desamparo que sufrieron en su suelo natal, en su viaje, en su llegada a la Argentina, y en su primer año de permanencia en el país. Muchos de ellos abandonaron el grupo dispersándose por los alrededores de la estación Palacios y por lugares más lejanos. Muchos niños fallecieron en los primeros meses, de enfermedades provocadas por el hambre y el frío. Los que quedaron fueron menos de la mitad, quizá unas cincuenta familias, y recién al final del primer año comenzaron a recibir ayuda de quien mas tarde fundaría la empresa colonizadora, el Baron de Hirsch.

 

LA SITUACION EN RUSIA

En Rusia la situacion era desesperante para los judíos: tenían prohibido por ley vivir en ciudades, enviar a sus niños a la escuela, dedicarse a trabajos artesanales salvo excepciones, poseer tierras, y vivir fuera de la "Zona de Residencia", la zona occidental de Rusia. A menudo sufrian ataques de tropas armadas (pogroms) que asesinaban, violaban, robaban e incendiaban. La política declarada del gobierno zarista era matemáticamente simple: una tercera parte de los judíos debia convertirse, otra tercera parte debía abandonar el país, y la tercera parte restante debía simplemente desaparecer. En 1887 una nueva ley restrictiva se agregó a las ya promulgadas: los judíos debian abandonar una franja de 50 Km de ancho adyacente a la frontera del Imperio Austro-Húngaro e incluída en la "Zona de Residencia" es decir, la zona donde hasta ese momento los judíos estaban autorizados a vivir. Esta disposición afectaba muy especialmente a la zona de Kamenetz-Podolsk, por entonces muy cercana a la línea fronteriza y fue lo que provocó la decisión de huir;  la palabra huida no está mal empleada: cuando salieron no sabían nada del lugar adonde se dirigían y no tenían dinero para completar el viaje por mar.

 

EL VIAJE

La odisea comenzó mal. Estafados por un agente de viajes que les vendió pasajes falsos de ferrocarril, estuvieron detenidos durante dos semanas en Cracovia. Entre los "reos" figuraba el Rabino Aaron Goldman, jefe espiritual del grupo. 

Llegados a Berlin, fueron despachados a Hamburgo, no sin antes sufrir las admoniciones de los dirigentes judios de Berlin, que trataron de disuadirlos de viajar a la Argentina. Alli los viajeros fueron notificados que la partida sería desde Bremen, pero al trasladarse a este último punto sus equipajes fueron retenidos por no poder abonar los gastos de alojamiento en Hamburgo. Las comunidades de Hamburgo y Bremen los ayudaron en esta oportunidad. Embarcados en el Weser el 1ro de Julio de 1889, llegaron a Buenos Aires el 14 de Agosto.

 

LA LLEGADA A BUENOS AIRES, ESTADIA EN PALACIOS

Ya ha sido relatado por el Ing. Smulovitz el episodio de la desautorización a desembarcar por parte de un funcionario de inmigración, y de la estafa que sufrieron al no entregárseles las tierras que habían adquirido a través de un agente argentino en Paris. La odisea para conseguir la devolución del dinero que significaba todos sus ahorros sin conocer el idioma local y la angustia consiguiente es algo difícil de imaginar.

También ha relatado el espanto de la estadía en estación Palacios, a la espera de ser conducidos a las chacras contratadas. Falta mencionar la llegada a lo que después fue Moises Ville, y el asentamiento precario del grupo en ese lugar, en medio de un pajonal y refugiados en algunas carpas, sin agua y dependiendo del propietario de las tierras para sustentarse mas o menos diariamente. 


EL NOMBRE DE MOISES VILLE

El Ing Smulovitz ha rescatado la anécdota sobre el origen del nombre de Moises Ville, de la historia relatada por el historiador Jose Mendelson en el libro "50 AÑOS DE COLONIZACION JUDIA EN LA ARGENTINA" editado en 1939.

La anécdota refiere el entusiasmo del Rabí Goldman por estar en un pais libre, y por estar su grupo liberado de las penurias de la Rusia zarista. Yo siempre he creído - de ser verídica la anécdota - que finalmente no se equivocó el Rabí, que al ver lo hermosa que llegó a ser su colonia 40 años después, seguramente consideró que los nietos de esos colonos ya habían llegado a niveles intelectuales y materiales con los que nunca hubiesen soñado en la Rusia natal. Quizá pensó "al final era cierto!".

Rabino Aaron Halevi Goldman

(1850-1932)

Colección Museo Aaron Goldman

 

Pero en ese momento la libre Argentina seguramente no pasaba por la cabeza del Rabino Goldman. Estaban en su mente los recuerdos frescos del viaje: de parte de su grupo incluído él mismo encarcelado por viajar en tren con documentación falsa, de las dudas surgidas en Paris por el país de destino, de las recomendaciones en contra de la Argentina por parte de la comunidad de de Bremen, de las vicisitudes de la travesía, de la llegada a Buenos Aires y no recibir permiso de desembarcar, de la frustración de encontrarse con que las tierras compradas en Paris habían sido vendidas nuevamente y de los problemas para recuperar por lo menos parte del dinero, de la larga y vana espera en la estación de tren de Palacios por el cumplimiento del contrato firmado con Pedro Palacios, del hambre y de los mas de sesenta chicos muertos durante esa espera, de la enorme cantidad de deserciones, del traslado al lugar de la futura colonia y de la vida desamparada que desde ese momento estaban llevando. Y seguramente escuchaba los reproches de ese pueblo quejoso que somos y el recuerdo del famoso clamor "para qué nos trajiste, estábamos mejor esclavos de Faraón" debe haber retumbado en su cabeza.

Durante esos meses el Rabino Goldman debe haber recordado permanentemente a Moisés y el Éxodo. Si fue él realmente quien eligió el nombre de Moises Ville, debe haber sido por esa razón que el pueblo lleva el nombre de Moisés, no por otra cosa. 

  M.N.J.

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